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Humanizar el "Diógenes Digital Digital"

HUMANIZAR EL «DIÓGENES DIGITAL»

 

La Psicología puede ayudar a humanizar el «Diógenes Digital»

La Psicología puede ayudar a humanizar el «Diógenes Digital». La expresión se refiere a la necesidad, casi compulsiva, de acumular archivos digitales. Textos, fotos, noticias, publicidad, imágenes, aplicaciones y todo tipo de información que se revela  inservible y redundante con el tiempo. Pero nos cuesta desprendernos de ella.
Este patrón de conducta desorganizado es más común de lo que podamos imaginar. Y no tiene porqué encajar en un determinado síndrome o patología. Pese a ello, la Psicología puede ayudar a comprender este proceso. Puede ayudar a humanizar el llamado «Diógenes digital» y la relación que mantenemos con la tecnología.

Hay que entender que, lo que constituye una explicación varía dependiendo de los contextos históricos, sociales y personales en los que estemos inmersos. En una sociedad donde una parte importante de las interacciones y las actividades diarias están mediatizadas por la tecnología, este efecto acumulativo digital se inscribe dentro de la «normalidad». Intentamos retener, en vano, los elementos que captan nuestra atención e interés inmediatos. Pero se nos escapan por la multiplicidad de estímulos que compiten por nuestra atención y por la velocidad de su transmisión. Los captamos al vuelo y los guardamos para volver sobre ellos, «más tarde». La idea es encajarlos en nuestro gran puzzle de memoria digital. Pero realmente:

 

¿llegamos a recuperar estos elementos en algún momento o a reconocerlos siquiera?

Internet es una fuente inagotable de estímulos. La oferta de opciones es cada vez mayor, lo cual complica nuestras elecciones. Cada vez tenemos que elegir y discriminar entre un mayor número de elementos, sin tiempo para digerir los productos que consumimos. Lo que a su vez constituye una fuente de estrés y malestar. Si las elecciones en nuestro ambiente físico y social son ya de por sí numerosas y complicadas, el mundo digital  magnifica esa tendencia. Porque representa una extensión del mundo físico y del social. Sentirse sobrepasado por la carga de inputs que recibimos, apenas nos da tiempo a reaccionar. Y es entonces cuando advertimos el lío que tenemos montado. La práctica acumulativa de elementos digitales impide procesar la información que consumimos. Y esta, se nos atraganta sin remedio.

Probablemente, en un contexto de carencia como en la pandemia, en la que se redujeron nuestras opciones de interacción y actividad en el mundo físico, adquirimos el hábito de guardar celosamente todo: imágenes, noticias, eventos, enlaces, experiencias, archivos audiovisuales, conservaciones y todo tipo de información. Pensábamos que podían sernos útiles en algún momento. Además, teníamos todo el tiempo del mundo. Era una forma de aliviar nuestra ansiedad e incertidumbre. Una forma de adaptarnos a la nueva realidad. Y dejar constancia de los caminos y escenarios efímeros por los que habíamos transitado en ese periodo.

 

¿La conducta en el mundo virtual es un reflejo de la conducta en el mundo físico?

Las conductas y los hábitos digitales adquiridos son un reflejo de lo que hacemos en el mundo físico. La diferencia está en que en este no podemos acumular tantos objetos inservibles. Estamos limitados por el espacio físico para guardarlos. Es decir, nos vemos obligados a hacer limpieza de vez en cuando. Tiramos literalmente lo que ha cumplido su función y está caducado. A no ser que, queramos vernos desbordados y sumir nuestra vida diaria en el caos y el desorden. De hecho, quien vive en una casa grande con garaje y trastero tiene mayor tendencia a acumular trastos viejos e innecesarios, que quien vive en un espacio de escasas dimensiones.

Y esa tendencia también se reproduce en nuestro mundo virtual, cuando contratamos más espacio en la nube o incrementamos la memoria digital. En lugar de seleccionar o hacer limpieza, preferimos incrementar la capacidad de almacenaje, como si no hubiera mañana.
También hay que señalar que, a diferencia del mundo físico, en el virtual somos menos conscientes de los productos que han caducado. Menos conscientes de las fotos duplicadas o desechables, de la basura que ensucia o los deshechos tóxicos. Somos menos conscientes del material hueco y voluminoso que ocupa espacio. Y lo mismo con la información que ha dejado de ser útil o significativa. Como no la vemos y se aloja en la nube, no tenemos una representación gráfica de la misma. Tampoco nos estorba ni tropezamos con ella. Hasta que el bloqueo se traslada a nuestro dispositivo y la búsqueda de algún archivo importante se torna imposible.

Si lo trasladamos al mundo físico, la metáfora que mejor lo ilustra es una mudanza o un traslado. La tarea se nos hace cuesta arriba. Y se nos revela, hasta extraño, todo lo que habíamos llegado a acumular con los años, sin recordar siquiera de su existencia

 

¿Cómo se reproduce ese patrón de conducta y a dónde nos conduce?

Ante la duda de archivar una u otra información o ante el dilema de guardar una u otra foto, optamos por guardarlas todas. Así ahuyentamos el miedo a perder algo valioso o la posibilidad de equivocarnos. El perfeccionismo que impera en la conducta necesita proveerse de lo
mejor. Y para ello, estima necesario hacer acopio de todas las opciones disponibles. Lo que confiere una falsa ilusión de control. Porque nunca podemos estar seguros de haber elegido lo mejor. Y tener una gran cantidad de opciones disponibles puede tener un efecto des-motivador que nos lleve a abandonar la tarea o a retrasar nuestras decisiones.

Conservar y retener sin medida es una forma de resistirse al cambio. Refleja la imposibilidad de soltar lastre. La manera de relacionarnos con nuestras pertenencias físicas o digitales revela, en parte, nuestros apegos y la forma de manejamos en nuestras relaciones afectivas. Solemos guardar una conexión emocional con los objetos, las imágenes, las experiencias, las fotos y los recuerdos que guardamos en nuestro almacén digital. En algún momento de nuestra trayectoria vital se han integrado en nuestra biografía, memoria e identidad. Cuando se camuflan, se esconden o se pierden bajo la chatarra digital que acumulamos se va con ellos parte de nuestra esencia vital. Es como perderse en los detalles que nos alejan del foco en detrimento del conjunto.

Solo nosotros podemos seleccionar, discriminar y reconocer aquellos elementos valiosos de los que solo representan un relleno superfluo, prescindible y circunstancial. Si dejamos esta función en manos de los algoritmos, dejamos que decidan por nosotros. Vulgarizamos y deshumanizamos un proceso que es personal e intransferible.

Comprender implica un proceso productivo, pero especialmente constructivo para reconocer lo esencial.  Y lo esencial pasa por fijar el orden lógico de secuencias significativas que acontecen en nuestras interacciones tecnológicas. Posiblemente, entre esa montaña de «objetos digitales» que acumulamos de forma rutinaria y mecánica, se escondan diamantes en bruto que en su momento enriquecieron o significaron nuestra navegación por la red. Que en su momento contribuyeron a forjar nuestra identidad digital. Es por ello que se hace necesario humanizar este proceso y la relación que mantenemos con la tecnología.

Humanidades, mediación, psicología, social, Tecnología

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