LA MEDIDA DE LOS PROCESOS PSICOLÓGICOS
La medida de los procesos psicológicos
La medida de los procesos psicológicos empieza con la observación. Y observar no es otra cosa que dirigir la atención al conocimiento de un objeto. En psicología, procesos psicológicos como las emociones pueden observarse de forma externa. A través de la conducta observamos sus efectos. Las emociones básicas como la alegría, la tristeza, la ira o el miedo se corresponden externamente con un correlato fisiológico que podemos observar en los demás. El sudor, el rubor o una mueca de desagrado son ejemplos de reacciones fisiológicas a una determinada emoción. Reacciones sobre las que tenemos escaso control. Aunque queramos, es difícil ocultarlas y hablan por nosotros.
Sin embargo, sentimientos como la felicidad, la soledad o el orgullo no son observables externamente. Y ejercemos cierto control sobre ellos para ocultarlos o mostrarlos a los demás. A diferencia de las emociones que responden a un impulso instintivo de nuestro cerebro primario, en los sentimientos siempre hay una maduración y conexión racional con el objeto. Para que nazca el sentimiento sobre algo o alguien se necesita haber pensado sobre ello. La huella del sentimiento es más estable, profunda y duradera que la de la emoción.
Procesos psicológicos como las cogniciones y las motivación tampoco pueden observarse directa y externamente por los otros. Necesitan ser inferidos a través de la conducta. El hecho de expresar verbalmente nuestros pensamientos y motivaciones no tiene por qué coincidir con lo que se piensa realmente. El conocimiento de uno mismo requiere de un análisis introspectivo. Valorar nuestra forma de ser y capacidades. Pero también un análisis que nos permita conocernos por nuestras acciones externas. Ser coherentes con lo que decimos y con lo que hacemos. A diferencia de los pensamientos, las acciones externas son los hechos objetivos de nuestra experiencia y conducta.
¿Podemos observar nuestras emociones y sentimientos internamente?
La introspección de nuestros estados internos entraña cierta dificultad. Al menos, mientras están ocurriendo. La experiencia humana al ser observada por el mismo sujeto pierde naturalidad. La razón es que se produce un desdoblamiento de la persona que se convierte en actor y espectador de su propia vivencia o drama. La objetividad se pierde cuando se es juez y parte.
En el momento en que estoy enfadado o siento ira, si quiero poner mi atención en ese estado, la ira ya ha bajado en intensidad. Observarla al mismo tiempo que está ocurriendo es como querer nadar y guardar la ropa. Si estoy resolviendo un sudoku y pienso sobre la manera en que mi mente lo resuelve, pierdo la secuencia de la combinación. Esta dificultad introspectiva para observar nuestros estados internos también se extrapola a los conflictos emocionales que surgen dentro de los círculos íntimos y cercanos. Si formamos parte del problema o estamos involucrados en él, de algún modo, será difícil ver con claridad o analizar con objetividad lo que sucede.
De manera que la percepción de lo que ocurre es distinta si estamos dentro o si estamos fuera. Ya sea en un círculo familiar o de amistad o en un círculo laboral que integre un colectivo profesional. Los psicólogos no constituimos una excepción y presentamos las mismas limitaciones para lidiar con algunos conflictos internos. También con los que ocurren en los círculos próximos. Incluidos los problemas internos del colectivo profesional.
Un círculo próximo representa un espacio seguro entre personas que comparten lazos afectivos y un sentido de pertenencia. El ámbito familiar representa uno de esos círculos íntimos que condiciona nuestra apertura al exterior. Y lo hace desde los primeros años de vida. Las experiencias tempranas influyen en los vínculos afectivos que formamos en etapas posteriores. Los grupos de amigos también representan círculos cercanos. Nos dan una identidad común y un sentido de pertenencia. Las relaciones interpersonales que desarrollamos dentro de este círculo se basan en la confianza mutua.
Personas a las que nos une un vínculo de confianza y por las que sentimos afecto pueden representar la mayor fuente de bienestar. Y también de malestar. Si bien es cierto que uno de los indicadores de bienestar emocional es contar con una buena red de apoyo familiar y social, las heridas emocionales que más impactan y tardan en sanar provienen precisamente de esa supuesta red de apoyo.
¿Es el grado de confianza un indicador de medida de las relaciones interpersonales?
La confianza es una ilusión que nos permite mirarnos al espejo del otro, proyectar nuestra imagen, relajar nuestras defensas y movernos en un espacio seguro. Sin confianza no hay relación ni amistad posible. Tampoco unión, cooperación, confidencia o acuerdo. Por ejemplo, la relación de confianza que se establece entre un terapeuta y cliente explica la mayor parte del éxito en la terapia. Prima la relación humana por encima de la técnica aplicada. La confianza está en la base de los vínculos afectivos y relacionales que formamos con el entorno. Su frágil equilibrio le confiere un carácter temporal y variable. El grado de confianza desarrollado en las interacciones influye en las percepciones y expectativas que desarrollamos hacia los demás e incluso hacia nosotros mismos.
En un contexto familiar o de relaciones interpersonales, la confianza es generadora de alianzas afectivas en un espacio y tiempo determinado. Pero se transforma cuando evolucionan sus integrantes o cambian sus ciclos vitales. También cuando aparecen nuevos actores en esos ámbitos de relación que transforman las interacciones habituales que mantenemos con los próximos. La llegada de un nuevo hermano en la familia o la llegada de una nueva persona en el grupo de amigos alteran las dinámicas relacionales.
Si el intercambio afectivo adolece de falta de reciprocidad, la confianza mengua y se resiente. Pensamos, sentimos y actuamos en función de la confianza real o percibida que nos inspiran los otros. Y esta fluctúa y deviene en alejamiento y decepción cuando nuestras demandas o necesidades afectivas son insatisfechas.
La confianza deseable con los próximos es un arma de doble filo. E igual que la ausencia de ella produce recelo y distancia emocional, un exceso de ella provoca dependencia emocional e indefensión cuando esa confianza se siente traicionada. Más aun, en caso de haber sacrificado parte de nuestra identidad personal para ser aceptados en ese círculo próximo. Ya sea en el ámbito familiar o de amistades. En ocasiones, la confianza sirve de pretexto para cometer abusos o traspasar los límites marcados. Las heridas emocionales que más tardan en sanar tienen su origen en los vínculos cercanos. Quien bien te quiere no puede hacerte llorar ni crearte malestar. Si eso sucede, es hora de revisar la relación y los elementos que la sostienen.
¿Se pueden medir los procesos psicológicos? ¿Qué dificultades encontramos al medirlos?
La medida de los procesos psicológicos empieza con la observación. Procesos psicológicos como la atención, la memoria, la emoción, la cognición y la motivación influyen en nuestros desajustes conductuales. La medida en duración, frecuencia e intensidad es la que determina el buen o mal funcionamiento de estos procesos. Sin embargo, cabe señalar que resulta difícil medirlos experimentalmente de acuerdo con los cánones de la psicología científica. Una de las razones es que necesitan aislarse unos de otros. Sin embargo, procesos básicos como las emociones, cogniciones y motivaciones están interrelacionados y se influyen mutuamente entre sí. Puede decirse que se da una interacción entre los tres y ninguno de ellos se explica con independencia de los demás.
La función de los procesos cognitivos en contacto con el medio es de representación. De manera que nos conecta con las imágenes y los recuerdos almacenados en la memoria. La función de los procesos emocionales consistiría en valorar esas representaciones o situaciones que se nos presentan. Y por último, la función de la motivación de acuerdo con esa valoración, sería de impulso a la acción o de parálisis.
Otra de las dificultades de medida es que solo sirve si al aplicarla varias veces a la misma persona siempre da el mismo resultado. De manera que la gran variabilidad en las situaciones personales y contextuales no permite que se dé esta premisa. El constante flujo de la experiencia hace difícil que se repita de forma idéntica el mismo fenómeno psíquico. Lo normal es que se altere al ser medido. Pero a pesar de estas dificultades, sí se puede medir la duración, frecuencia e intensidad de algunos procesos psicológicos.
La atención, por ejemplo, se mide por el mayor o menor número de errores que se cometen en una tarea. También por la mayor o menor resistencia a la distracción. La medida de la memoria se refiere al tiempo empleado en fijar un recuerdo o una representación. También al número de elementos que pueden ser almacenados o retenidos en una tarea concreta. Las dificultades, no impiden que sí se puedan medir los procesos psicológicos. Y en función de la duración, frecuencia e intensidad con la que se manifiestan se pueden identificar, prevenir y corregir los desajustes conductuales que nos perturban.
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