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Ajustes sólidos en tiempos líquidos

AJUSTES SÓLIDOS EN TIEMPOS LÍQUIDOS

El discurrir de los tiempos líquidos

Antes de que el verbo de la pandemia se hiciera carne en nuestras sociedades, nuestra vida social ya transcurría con la fluidez propia de estos tiempos líquidos. Era un discurrir agitado por la inmediatez, por las prisas inaplazables, por lo fugaz del momento. Tiempos orientados al consumo voraz de materiales tangibles e intangibles, pero desechables como un cleenex. El discurrir de los tiempos líquidos.

Instalados en una hiperactividad agotadora, en un movimiento permanente, saltábamos de un horizonte a otro sin haber asimilado el anterior. Todavía no habíamos satisfecho una necesidad ficticia o impostada que ya asomaba la siguiente. Y en nuestro afán por fluir con la corriente, no queríamos hacerla esperar. La liquidez era el estado natural que conformaba nuestra realidad personal y social, tal como anticipó el sociólogo Bauman en su Modernidad Líquida.

Aunque esta reflexión ya flotaba en la superficie de nuestro entendimiento, éramos incapaces de aprehenderla. Acostumbrados al relato edulcorado del positivismo irracional y del realismo mágico que todo lo pueden, convivíamos con el fake. Asimilábamos la posverdad mediática, como la cosa más normal del mundo. Tan normal, que incluso le dimos su lugar en la RAE, al aceptar que era un fenómeno característico de nuestro tiempo que había venido a quedarse. Y lo mismo ocurre actualmente con la asumida polarización, como sinónimo de división y enfrentamiento entre los ciudadanos. Ya nos advertía Orwell que cuanto más se aleja una sociedad de la verdad, más odia a los que hablan de ella. Como si las necesidades latentes que albergamos a nivel individual fueran distintas e irreconocibles en lo colectivo.

 

Satisfacción de las necesidades en la pirámide de Maslow

El psicólogo humanista Maslow desarrolló una teoría de la motivación humana en la que nuestras necesidades debían ser satisfechas en orden ascendente. En esta pirámide, solo cubriendo las necesidades más básicas se podía estar motivado para satisfacer las siguientes. Las necesidades primarias y fisiológicas estaban en la base de la pirámide. A continuación seguían las necesidades de seguridad física, en la que tenían cabida los temas de salud, de recursos materiales, de sustento y empleo. El siguiente escalón se refería a las necesidades de afiliación que comprenden las relaciones afectivas que establecemos con la familia, los amigos y personas de nuestro entorno cercano. En lo más alto de la pirámide estaban las necesidades de reconocimiento con un impacto directo en nuestra autoestima y también de autorrealización.

En un contexto social donde la imagen estética y la apariencia física ocupan un lugar primordial, embellecer esa imagen y transformarla está al alcance de cualquiera. A nivel físico, la demanda de intervenciones estéticas está a la orden del día. A nivel digital, el uso y abuso de los filtros fotográficos permite construir y compartir una imagen de nosotros mismos que se aleja de la real. Si “lo bello es bueno”, lo bueno es ocultar defectos y filtrar las imperfecciones que mejoren y transformen nuestro aspecto físico. Y en este sentido, el selfie de nuestros ídolos e influencers sigue siendo el rey del universo digital que podemos observar e imitar. Una práctica muy instaurada en las redes sociales donde se comparten estas fotografías de uno mismo, transformadas en la mejor tarjeta de presentación.

 

La experiencia digital sin filtros

La experiencia digital en redes sociales es ajena al reposo. Sucumbe nuestra atención a la satisfacción inmediata del like que activa nuestro sistema de recompensa. Todos nuestros movimientos responden a la ilusión y al deseo de sentirnos reconocidos y admirados por los otros.La necesidad de aprobación social que no puede ser satisfecha en la vida real se desplaza al ecosistema digital. Los algoritmos controlan y dirigen parte de nuestras elecciones.

Las herramientas digitales permiten construir a la carta nuestra imagen. Y aparentemente todo está permitido y se pone a nuestro alcance, salvo estar en reposo y en silencio. Se diría que esos estados de reposo nos conectan con el vacío interior de no ser. De no ser vistos ni oídos por aquellos que nos motivan a estar, actuar y fluir con la corriente. Esos estados de reposo sugieren que estamos desconectados de los demás y especialmente de los dispositivos tecnológicos. En los jóvenes y adolescentes el deseo de pertenencia al grupo y de no sentirse excluidos interfiere en la necesidad de parar y de estar a solas con uno mismo.

Una de las críticas que recibió la teoría de Maslow es que la motivación para satisfacer una necesidad no siempre correlacionaba con el impulso adecuado. Las necesidades tampoco tenían porque seguir ese orden lógico y ascendente. Un orden que incluso podía estar invertido. Efectivamente, se supone que la necesidad fisiológica origina un impulso a la actuación para satisfacerla. Por ejemplo beber agua cuando tenemos sed.

Sin embargo, puede haber en el adicto a la bebida o a la tecnología un impulso de beber o de conectarse, aunque su cuerpo y su mente envíen señales de que no hay necesidad de ello. Algo parecido ocurre con la falta de apetito en un enfermo que necesita comer para recuperarse. O con el impulso de comprar o consumir un producto o servicio que no necesitamos realmente y que además compromete nuestro presupuesto o está por encima de nuestras posibilidades. Se diría que la motivación, como dimensión energética de la conducta resulta contradictoria en demasiadas ocasiones y no juega a nuestro favor. Al tiempo que  es capaz de confundir, alterar y sabotear nuestras necesidades latentes de forma irracional.

 

Paradojas de la motivación humana

Resulta paradójico que en la práctica, nos sintamos motivados a satisfacer ciertos ideales “superiores” de reconocimiento y autorrealización, cuando nos quedan por cubrir necesidades más básicas de seguridad y de afiliación que puedan estar amenazadas. Es más, se diría que son precisamente las carencias en esos ámbitos o su falta de solidez, las que nos impulsan a satisfacer obsesivamente la ficción líquida de reconocimiento y autorrealización. Y no solo ocurre en el plano individual. El espejo de la sociedad en el que nos miramos, refleja un estado de “autorrealización” infantil e ilusorio que descansa en la idealización de la imagen. Que la solidez de la identidad personal se sustente en esa proyección corporal ficticia es fuente de frustraciones y de una autoestima malentendida.

La motivación para transformar y alterar nuestro cuerpo a través de la cirujía estética responde a una necesidad obsesiva de apariencia y perfección que difícilmente se verá satisfecha y saciada. En el flujo de Heráclito la única constante eterna era el cambio y la única realidad de la experiencia era el ajuste a esos cambios. El paso del tiempo acabará relativizando esa foto fija o selfie que guardamos con tanto celo. Y en igual medida nuestro cuerpo físico requerirá más alteraciones y ajustes estéticos para mantener la ilusión de una juventud perenne. En el mejor de los casos esas alteraciones y ajustes en nuestro cuerpo serán una necesidad prioritaria para seguir conservando la salud.

Mientras tanto, renunciamos a realizar otros cambios que son indispensables en nuestras estructuras de vida y en nuestra sociedad. Ajustes en los planos: social, político, sanitario, jurídico, laboral y psicológico que serán necesarios para dar respuesta y garantizar nuestras necesidades de seguridad y de afiliación que tanto comprometen nuestra identidad personal. Necesitaremos ajustes sólidos en estos tiempos líquidos, para no diluirnos en un mar de certezas impostadas. De esas que no dejan poso ni huella en la memoria. Y que nos impiden reconocernos y aceptarnos tal como somos.

 

Digital, motivación, Psicología Humanista, Psicología Social, social